De cómo Mozart le confesó a su padre “hoy es un día feliz para mi”

Sabido es que a Mozart los últimos años en Salzburgo se le hicieron insoportables por las nulas expectativas de progresar en lo musical, escribiendo obras para la Catedral de Salzburgo y participando en los oficios religiosos que su cargo como organista le obligaba. Mozart ansiaba Viena y nada más, allí estaban los más grandes y él estaba seguro de poder abrirse camino entre los mejores. Autorizada por el Arzobispo Hieronymus von Colloredo (1732–1812), su partida temporal a Munich para los preparativos de Idomeno significaría sin sospecharlo en ese momento su marcha definitiva de Salzburgo, por cuanto estando en la ciudad alemana se produjo el fallecimiento de la Emperatriz María Teresa I de Austria, la cual sería sucedida en el trono por su hijo José II. La coronación del nuevo Emperador convocó en Viena a miles de personalidades de todos los rincones, a modo de una fastuosa cumbre mundial, a la cual no podía faltar el Arzobispo de Salzburgo, quien con toda su corte se trasladó a la capital austriaca.

“Salzburg, Domplatz", por Karl Schneeweiß (1754-1826).
“Salzburg, Domplatz", por Karl Schneeweiß (1754-1826).
Una vez concluido su permiso y debiendo retomar su rutina en la Corte arzobispal, Mozart fue llamado a reunirse con ellos allí en Viena, para eventualmente regresar a Salzburgo cuando finalizasen los festejos y gestiones diplomáticas varias del arzobispo. Después de ir a Viena, Mozart no regresó nunca a Salzburgo, de hecho fue despedido, o quizá sería más preciso decir que se autodespidió.

En una carta enviada desde Viena a su padre en Salzburgo, fechada un 9 de mayo de 1781, Mozart comienza relatando el enfado que le invade después de una conversación muy seria con Colloredo. Curiosamente Mozart empieza diciéndole a su padre “hoy es un día feliz para mi. Simplemente presta atención”. A partir de ahí relata cómo el arzobispo le ha llamado en dos ocasiones bribón y disoluto, entre otras varias impertinencias, tal como él mismo dice, mientras él se negaba a volver a Salzburgo en la fecha que le indicaba por cuanto carecía del dinero necesario para ello (Mozart debía costear su viaje de vuelta) y en cualquier caso no habían asientos libres. Relata Mozart en esa misma carta cómo Colloredo se lanzo en plan balístico para acusarle de ser la peor de todas las personas que tenía a su servicio, amenazarle con que volviese en la fecha acordaba o retendría su sueldo mensual -Mozart añade el detalle de que el Colloredo mintió al cifrar el sueldo en 500 gulden, cuando según Mozart el arzobispo sabía perfectamente que eran 450 gulden- para añadir que cuanto más escuchaba al arzobispo en su arenga contra su persona, más le resultaba imposible permanecer en silencio por motivos de honor.

Hieronymus von Colloredo, Príncipe-Arzobispo de Salzburgo, por Franz Xaver König (1711-1782).
Hieronymus von Colloredo, Príncipe-Arzobispo de Salzburgo, por Franz Xaver König (1711-1782).
Según relata en la carta, Mozart en un momento dado le preguntó a Colloredo, “¿Por lo tanto, Su Gracia no está satisfecho conmigo?”, a lo que le respondió “¡Cómo te atreves a amenazarme, sinvergüenza. Ahí tienes la puerta! Y ten cuidado porque no pienso aguantar más a tan desgraciado miserable”, a lo que Mozart dice que respondió, “¡Yo tampoco!”, para sentenciar el arzobispo diciendo “¡De acuerdo, fuera de aquí!”.

Llegados a este punto podemos retomar el inicio para recordar cómo Mozart daba comienzo a la carta diciendo “Ya no tengo la desdicha de estar al servicio de la corte de Salzburgo. Hoy es un día feliz para mi.” Al día siguiente, el 10 de mayo, Mozart entregó de manera formal su carta de renuncia al principal asistente del arzobispo, el Conde Arco, quien le confirmaría el despido el 8 de junio siguiente, como bien se sabe con patada incluida en su zona posterior, por cuanto así se lo relata Mozart a su padre en otra carta en esos días fechada.

Catedral de Salzburgo.
Catedral de Salzburgo.
Y mientras todo ello sucedía en su vida más cotidiana, en su mente creativa se sucedían las obras que parecían alumbrase al margen de las circunstancias que le rodeaban, tales como el Recitativo y aria, “A questo seno deh vieni … Or che il cielo a me ti rende”, Kv. 374, escrita antes del 8 de abril de 1781, pocos días antes del encontronazo con el arzobispo que vamos a escuchar tal cual aún debía resonar en su cabeza aquellos mismos días en los cuales, por fin, alcanzó su ansiada libertad en Viena.


Roberta Invernizzi, soprano.